miércoles, 15 de mayo de 2013

"Cash on demand"

"Hammer films"... Cualquier cinéfilo identifica esas dos palabras en escasos segundos. Esos afamados estudios ingleses, fueron la cuna del mejor horror gótico desde finales de los años cincuenta, hasta los primeros setenta. Sus películas tenían presupuestos modestos, incluso más de un defecto, sus temáticas se repetían, pero su encanto era innegable. Desde que era muy joven, he sentido un inmenso cariño por los clásicos productos de la factoría británica, un sincero afecto por el encanto inigualable de sus cintas, tesoros imperfectos llenas de momentos inolvidables. Hoy, sin embargo, no voy a recomendar, ningún filme aterrador, ni pretendo escribir sobre vampiros, hombres lobo o los escalofriantes hallazgos lovecraftianos del doctor Quatermass, nada de eso. Voy a dedicar unas líneas a un "thriller" modesto, un producto bastante atípico para lo que se espera de un título surgido de la compañía de James Carreras.

"Cash on demand" (Quentin Lawrence, 1961), es una película de intriga realizada con pocos medios, rodada en estudio, en un par de decorados bastante simples, con un puñado de buenos actores ingleses, ni más ni menos. Sin duda, es la prueba palpable de lo que se puede lograr con un guión bien estructurado y unos pocos personajes correctamente dibujados, una obra humilde pero meritoria, que mezcla, en un cóctel bien agitado, suspense, retrato social y cuento navideño, sin que ninguno de esos componentes estropeen el resultado final del combinado, una bebida que deja un sabor de boca inmejorable.

Sobre el argumento, es mejor conocer lo menos posible. La acción transcurre en una oficina bancaria de pueblo, poco antes de Nochebuena. Como todos los días, los empleados se colocan en sus puestos y se preparan para comenzar la rutina diaria, algunos con mejor talante que otros. Todos tienen algo en común: detestan a su director, un hombre engreído, frío, de carácter duro y enérgico. Es un tipo metódico y escrupuloso hasta el delirio, que tiene todo demasiado bien organizado. Para él la vida carece de sorpresas, todo debe estar en su sitio y, si observa la más mínima imperfección, descarga sus iras contra sus subalternos, sin miramientos ni delicadezas. Pero ese día algo va a suceder, una visita inesperada cambiará su perspectiva y dará un giro de ciento ochenta grados a su mundo perfecto y ordenado, volviéndolo del revés en pocos minutos...

El drama se desarrolla casi en tiempo real. El filme dura una hora y veinte y la acción, salvo por un par de detalles, va casi a la par. Estamos ante un título de intriga, de cierto suspense, alejado de los cánones habituales de la "Hammer", si bien, no es el único, pues, en otras ocasiones, la productora se ha aventurado con experimentos génericos que se alejaban del terror gótico, como en la interesante y osada, para su época, "Never Take Sweets from a Stranger".
Su director, Quentin Lawrence, desarrolló casi toda su carrera en televisión, pero demuestra que sabe guiar con correcto pulso dramático la acción, ayudado por unos grandes actores. Peter Cushing, el protagonista, es sobradamente conocido por su participación en películas terroríficas. Trabajó a menudo en la factoría "Hammer" y, en demasiadas ocasiones, se encargó de dar lustre a papeles que eran inferiores a su gran talento. Aquí da muestras de su depurada técnica, de lo estupendo actor que era, un todoterreno, capaz de dar vida al más intrépido de los héroes o al más pérfido de los villanos. A su lado, interviene un grupo de acreditados intérpretes británicos, encabezados por André Morell, que acompañó a Cushing, encarnando al doctor Watson, en la inolvidable "El perro de los Baskerville".Morell y Cushing son los que llevan realmente el peso del argumento, interesante, curioso y realmente bien construido.

No estamos ante una película de campanillas, uno de esos grandes dramas que quitan el hipo, nada de eso. Es un filme sencillo,simple, pero que tiene un gran mérito, un "thriller" pequeño, muy bien realizado, en el que nada es lo que parece, que sabe contar una historia atrayente, dinámica y enigmática, enganchando al espectador desde que comienza la intriga hasta que termina, sorprendiéndole de manera agradable y elegante, sin descuidarse en instante alguno. Una de esas joyas olvidadas que tanto me gusta recomendar, de cuando en cuando.Seguro que os gusta tanto como a mí, si tenéis la ocasión de verla. No os la perdáis.

martes, 16 de abril de 2013

Nunca canté para mi padre

"La muerte acaba con la vida.Pero no termina con una relación, que continúa su lucha en la mente del superviviente, hacia una especie de resolución, que quizás jamás encuentre". Así comienza "Nunca canté para mi padre" ("I never sang for my father", Gilbert Cates, 1970)

Todo el que ha perdido a un ser muy querido, a una madre, a un padre, a alguien muy cercano, entiende la profunda reflexión que encierra esa frase. El fallecimiento es el final para aquél que se va de nuestro lado, sin embargo, para nosotros es el comienzo de un vacío enorme, de un sentimiento de abandono profundo e irreparable que nos acompañará, de un modo u otro,hasta el fin de nuestros días. Quien no lo ha experimentado cree que el desconsuelo causado por la injusta muerte es una sensación que el tiempo va aliviando, cosa que, en cierto modo, es real, pero hay algo que el paso de los años no puede paliar:es la amarga sensación de haber dejado algo inconcluso, de haber visto truncada súbitamente una relación que nunca podrá recuperarse y en la que quedaron una infinidad de hilos por unir, hilos que no podremos hilvanar nunca más, un laberinto de emociones del que seremos incapaces de escapar del todo hasta el momento de nuestra propia muerte, pues las relaciones entre padres e hijos siempre están marcadas por determinados traumas o desencuentros, que son inevitables en esta compleja existencia. Sobre todo ello reflexiona, con acierto y admirable complejidad, esta apreciable cinta norteamericana.

Un filme se sustenta en un buen guión, en el trabajo de sus intérpretes, y en la correcta labor del director, ese demiurgo que tiene la complicada labor de unir todas las piezas del puzzle dramático, todos esos elementos, para que formen un todo armonioso.Es muy complicado encontrar ejemplos perfectos en los que no haya una nota discordante, un chirrido momentáneo, algo que quede levemente distorsionado, menoscabando, de algún modo, la brillantez del conjunto. A veces,sin embargo, uno de esos elementos sobresale de tal forma, alcanza tal brillantez, que convierte cualquier pequeño defecto en algo tan nimio, tan insignificante, que desaparece de nuestro recuerdo en una milésima de segundo. Ésto es lo que ocurre con la notable "Nunca canté para mi padre".
Melvyn Douglas y Gene Hackman son dos actores formidables, de un nivel estratosférico. Son el alma y el motor de este hermosa historia, de este cuento rebosante de humanidad, un drama hondo y emotivo,que usa como principal arma la verdad. Sus interpretaciones alcanzan tal verosimilitud que, durante más de un instante, al espectador se le olvida que está viendo un drama ficticio, pues lo que se nos muestra es un trozo de vida palpitante, real, sin exageraciones, ni pasividad latente, pura humanidad, sin fisuras.

Basado en un exitoso drama teatral de Robert Anderson, que también es el autor del guión, el filme de Cates es una severa reflexión sobre las diferencias irreconciliables entre las distintas generaciones, entre las lejanas islas en las que se sitúan las vidas de un padre y su hijo: ambos pueden tener alguna similitud, sin percatarse de ello, incluso compartir algún trauma familiar parecido, pero la distancia que les separa es,en realidad, inabarcable. No obstante, pese a todas las desavenencias, a los momentos de conflicto, hay un poso de amor y de cariño, que es casi indestructible.

Un argumento sencillo, que aparentemente no sorprende ni apabulla con truco narrativo alguno, pero que desarrolla con impecable eficiencia su trama, y nos va mostrando con paciencia el trasfondo de los protagonistas, como deshojando una amapola, eliminando pétalo tras pétalo, para dejar, finalmente, desnudo y al descubierto el corazón de la planta. Es entonces,en el momento en que conocemos todas las caras de la trama, cuando alcanzamos a entender las motivaciones de padre e hijo, sus auténticas emociones, su complejidad, sus leves parecidos y sus insalvables diferencias,su humanidad, al fin, en estado puro.

Como dije antes, los auténticos pilares que sostienen la trama son sus dos actores protagonistas, auténticos colosos interpretativos, de un talento y una sencillez simplemente asombrosos. Viven dentro de la piel y los huesos de sus personajes, respiran por sus pulmones, miran por sus ojos, sin que sus respectivas personalidades hagan acto de aparición en ningún segundo. Hackman y Douglas ofrecen realismo y veracidad a raudales. Viéndoles hablar, discutir, emocionarse, el espectador se implica emocionalmente hasta el fondo de su alma, pues lo que le están contando rebosa sensibilidad, sin llegar a extremos exagerados, ni trucos dramáticos fáciles, pues nos encontramos ante una historia cotidiana, una tragedia anónima que ocurre cada día, en cualquier lugar del mundo, vida, pues, sin aditivos ni edulcorantes.

Aunque las interpretaciones son su auténtico motor,hay que reconocer que el filme está muy bien dirigido por Cates que, sin alejarse demasiado del original teatral, sí que añade alguna que otra secuencia puramente cinematográfica.Especialmente destacable es, en este sentido, la visita de Hackman a un par de residencias de ancianos, escenas ciertamente pavorosas, duras, porque nos muestran la cara menos amable de nuestra existencia, ese destino injusto que espera a casi todo el que alcance la tercera edad: la reclusión en centros de paredes de deprimente color gris verdoso y ambiente gélido, en la que los ancianos miran fijamente al vacío,tirados en rincones, como muebles inservibles, como coches viejos cuyas piezas ya no admiten recambio, intentando recuperar un recuerdo perdido de un pasado más feliz,para escapar por un instante de tanta deshumanización, de tanta frialdad...

"Nunca canté para mi padre" es un sólido drama basado en problemas cotidianos,que enfrenta a un hijo con su padre, en un emblemático estudio de caracteres, mostrando personajes complejos y vivos, gracias a un guión certero y a unos actores soberbios, y es también una reflexión generacional, emotiva y veraz; en definitiva, una de esas obras que tanto me gustan, pues trata sobre cuestiones cercanas a todos que son, al menos para mí, infinitamente más interesantes que cualquier conflicto interestelar. Una película profunda,sincera, y repleta de humanidad.


miércoles, 10 de abril de 2013

Las consecuencias del amor

¿Quién nos conoce realmente? A diario esta sociedad fría y organizada nuestra, etiqueta a las personas por los escasos datos que tenemos de ellos: ése es un sinvergüenza, aquél un genio, el tipo enjuto que cruza la calle es un santo, la mujer que vive junto al lugar x no anda muy cuerda que digamos....
Es tan fácil para algunos poner un apodo, colocar un nombre, delimitar con una o dos palabras los rincones del alma humana. Todo ésto resulta absurdo, casi demencial, pues todos somos como una casa excavada bajo una enorme montaña. El resto de nuestros vecinos, de nuestros conocidos, ve la fachada, pero no las miles de estancias, las intrincadas grutas que se esconden en lo más profundo de nuestra mente, esa morada ignota a la que pocos tienen acceso real. Somos un auténtico enigma indescifrable, una compleja ecuación que ni nosotros mismo somos capaces de resolver...

Titta di Girolamo es un individuo gris.Vive solo en un hotel, un lugar impersonal, frío y oscuro repleto de personas en tránsito. Los únicos huéspedes con los que intercambia unas pocas palabras, son una pareja de aristócratas arruinados por deudas de juego que, al igual que él, viven allí. Todos los días pasa un rato escribiendo sentado junto a una ventana en un agradable rincón de una cafetería cercana, mientras mira de soslayo a una joven camarera, de ojos hermosos y gesto amable. Nadie le conoce realmente, le ven como a un tipo extraño, huraño, frío y distante, un personaje peculiar, aburrido, posiblemente dedicado a negocios soporíferos. Todos los que lo rodean creen que es alguien anodino y bastante insoportable, un hombre callado y gélido que se cree superior a sus semejantes, encerrado en una burbuja de rutina y hastío rutiranio. Es,aparentemente, un individuo enigmático y cerrado, aunque nadie tiene demasiado interés en iluminar los opacos recovecos de su alma apolillada.Sin embargo, si hay algo seguro en esta problemática vida es que todos ocultamos algo, secretos inconfesables que jamás revelamos.

"Las consecuencias del amor"("Le conseguenze dell'amore", 2004, Paolo Sorrentino) es una película atípica, con un ritmo que se aleja profundamente del acostumbrado en el cine actual. Todo el drama transcurre lentamente, sin prisas. No quiero decir con ésto que sea una obra aburrida, cosa que no creo, sino que se toma su tiempo para desarrollar su trama, de un modo acertado, desde mi punto de vista. Su protagonista no es un héroe, ni siquiera alguien aparentemente interesante, sino un tipo insípido, y construir un argumento alrededor de este personaje me ha parecido un complicado desafío.

Es ahí donde radica una de sus mayores virtudes, en su guión, una elaborada tragedia cuyo peso no puede valorarse en su totalidad hasta que han hecho su aparición los títulos de crédito finales; así, en cierto modo, su director/escritor hereda maneras del cine de los años setenta, pues presenta poco a poco a los personajes, desarrolla con tranquilidad la anécdota,hasta hilvanar de modo preciso todos las piezas del rompecabezas narrativo.
Rodada con sosiego y estilo,con evidente dominio del "tempo" narrativo, es éste un filme eminentemente visual durante sus primeros compases, un título que nos convierte, durante su tramo inicial, en espectadores de la aparentemente apática existencia diaria de Titta, un hombre desganado que parece sacado de una aburridísma cumbre de los gerifaltes de la troika europea. Comprendemos mejor a sus conocidos habituales, pues nos parece antipático, plomizo, serio y carente de un mínimo interés. Sin embargo, cuando la película concluye, somos conscientes de la complejidad humana del personaje al que tan bien encarna el gran Toni Servillo, auténtica piedra angular sobre la que gira toda la narración.

Sorrentino demuestra una pasmosa habilidad para cambiar nuestra perspectiva,desde un panorama externo y distante, hasta un plano personal y cercano, casi como si, de repente, introdujera su cámara dentro del mismo cerebro, embutida en las entrañas más íntimas de su atribulado protagonista. Hábilmente,logra que nuestra mirada cambie, que pensemos de otra manera, mientras girado brutalmente el trasfondo argumental,reformando por completo el personaje y sus circunstancia. Muy difícil e interesante esta manera de enfocar un drama tan alejado de los cánones habituales, incluso en los momentos en los que transita por lugares comunes, no defrauda, no se queda en ellos, sino que se eleva por encima de la media, para ofrecernos algo inaudito e interesante.

El filme italiano no sólo es una mirada a lo engañosa que puede ser una primera impresión, o un vistazo superficial al rostro de cualquiera de nuestros conocidos,a la insondable complejidad humana, sino que es además la demostración de algo elemental: el amor nos cambia, nos transforma, pudiendo sacar lo mejor de nosotros, incluso cuando ese amor no se consuma,cuando sólo es una brizna de aire fresco que ha entrado por la ventana de nuestra conciencia,sin llegar nunca a convertirse en huracán desbordado. Un amor que jamás verá la luz del día, que nunca fructificará, puede llegar a ser la inspiración que cambié de raíz todas nuestras comodidades, que nos saque de la apatía de una vida sin sentido y nos haga decidir qué camino tomar.

La película de Sorrentino es extraña, algo hipnótica, calmada a la vez que rompedora e inusual, inclasificable, en suma. Para mi gusto, pese a algún que otro defecto, por todo ello, y a causa de su lúcido guión, además de gracias de su atípico e insondable protagonista, alejado de los cánones de cualquier antihéroe al uso, es un título que sobresale por encima de la mayoría de sus contemporáneos. Una historia sobre los más oscuros secretos del alma humana, acerca de amistades olvidadas, vidas frustradas y amores imposibles.

viernes, 15 de marzo de 2013

El interrogatorio

”Primero se llevaron a los judíos... pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a las comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó. Mas tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual tampoco me importó. Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde" (Berltolt Brecht)

Antonia Dziwisz es una alegre cantante, de vida disipada, que vive despreocupada en la Polonia de los primeros años cincuenta, actuando allí donde sus servicios son requeridos. Un buen día, tras una discusión con su marido,acepta acompañar a dos jóvenes conocidos en una inacabable noche de bares y alcohol.Sumida en una espantosa borrachera, no se da cuenta de su terrible destino: los jóvenes son unos policías secretos del gobierno comunista que la conducen, entre risas,canciones y licor, a su perdición, y su alegre velada acaba de una forma muy distinta a como ella imaginó, en los siniestros calabozos de una prisión desconocida. A la mañana siguiente, se despierta en una celda sucia y maloliente, repleta de otras mujeres desesperadas y abatidas. No sabe por qué está allí, ni de qué se le acusa. Cree que se trata de un error,así que, cuando un carcelero la llama por la primera letra de su apellido,para que acuda a una oficina del recinto, piensa que su noche de angustia ha terminado. Sin embargo, la realidad es muy diferente, pues su calvario sólo acaba de comenzar....

"El interrogatorio" ("Przesluchanie") es un excepcional filme polaco realizado por Ryszard Bugajski,cineasta discípulo de Wajda, en 1982 que, por su audacia y valentía, no pudo ser estrenado hasta 1989,gracias a la injusta censura polaca. He meditado mucho cómo escribir esta entrada, que palabras usar, cómo hablar sobre esta película. En realidad, nada de lo que diga puede preparar al espectador para enfrentarse a una obra tan tremenda, tan impresionante, tan rotunda e imprescindible. Es, posiblemente, uno de los títulos más duros que jamás he visto y, pese a ello, no dudo en considerarlo un drama absolutamente necesario, una osada denuncia contra los sistemas totalitarios y su demencial funcionamiento, su absurda y cruel psicología.

He de reconocer, sin rubor alguno, que no conocía demasiado a la protagonista,Krystyna Janda, actriz que realiza una de las interpretaciones más pasmosas, impactantes y soberbias que he visto en mi vida. Su mirada, sus gestos, sus gritos de dolor, sus risas de desesperación, son tan auténticas que ponen la piel de gallina, y, aunque el resto del reparto está a un gran nivel,hay que destacar su sublime entrega a un complicadísimo rol, lleno de matices, de luces y sombras, de altos y bajos. Simplemente soberbia,Janda ganó, con absoluto merecimiento, el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes. Pero la película es mucho más. Con una enorme economía de medios, con escasos recursos, pero con una dirección más que solvente y un prodigioso guion, puedo afirmar que es uno de los filmes más valiosos, rotundos y auténticos con los que me he encontrado a lo largo de mi vida cinéfila, una cinta intimista, rodada en planos cercanos, con un excelente trabajo de montaje, y sin concesiones al espectador.No es un título agradable ni fácil de ver,pero todo ser humano con conciencia debería verla sin reservas.

En unos tiempos en los que vivimos tiranizados por gobiernos supranacionales, todopoderosos, inclementes, rematadamente fríos y calculadores,no viene mal recordar lo peligroso que puede llegar a ser que los intereses de la omnipotente maquinaria global prevalezcan sobre los de las personas, sobre los seres humanos individuales, cuando se pretende despojar a la persona de toda dignidad y valor en pro del interés general, de la salvaguarda de los intocables intereses estatales. Recuerdo una frase lapidaria de la directora del FMI, una cita repleta de maldad, que venía a quitar importancia a las personas: los individuos no importan, importa el buen funcionamiento de la maquinaria gobernante, aunque ésta necesite la sangre de los ciudadanos para que sus putrefactos engranajes funcionen sin obstáculo ni chirrido alguno. Pues bien, ese pensamiento no difiere en exceso del que tenían los repulsivos mandatarios de los sistemas estalinistas, como el que regía los destinos de la sufrida Polonia, a primeros de los años cincuenta. Es el peligro de los extremismos, el drama de mirar hacia arriba sin bajar la vista al suelo.

"El interrogatorio" es un filme soberbio,audaz y totalmente indispensable.Si tenéis la suerte de encontrarlo, no lo dejéis escapar, vuestra humanidad os lo agradecerá.

miércoles, 30 de enero de 2013

Dos pequeñas recomendaciones

Internet, la última frontera...Todos estamos conectados, cualquier sombra de duda se disipa en unos segundos, podemos entrar en cualquier lugar, encontrar artículos de enorme interés, debatir con gente interesante que vive a cientos de kilómetros acerca de las más diversas cuestiones... El mundo es ahora muy diferente gracias a la Red. Sin embargo, no todo es positivo, y no, no pretendo imitar a las horrendas cadenas televisivas que, casi a diario, nos advierten contra los espantosos peligros que guarda en sus entrañas el atractivo mundo virtual: ellas lo hacen para intentar frenar una sangría de audiencia que tienen, por lo general, bien merecida, y yo no pretendo advertir a nadie, nada más lejos de mi intención.¿Qué me ha ocurrido?

He estado algo alejado de Internet últimamente porque me sentía saturado, asfixiado por el exceso de información, cansado, en cierta medida, de este mundo virtual. El principal motivo de ello ha sido una discusión cinéfila bastante absurda que mantuve el otro día con un crítico que sigue lo que yo llamo la "nueva corriente analítica" que tan de moda está en ciertos círculos cinematográficos, especialmente en Internet. Esta rama crítica, repleta de insoportable superioridad, se basa en la destrucción gratuita e inmisericorde del filme objeto de examen, y en el desprecio al oponente,en el ninguneo al que piensa diferente de quien escribe la demoledora crítica, normalmente, un tipo bastante prepotente que no se deja influir por nadie, que no atiende a razones: el analista pluscuamperfecto, que mira al resto del mundo con desgana, como un todopoderoso Zeus tronante, que dedica unos minutos de su tiempo a bajar de su elevado Olimpo a debatir con los pobres mortales, indignos de su talento.
Hace poco mantuve un encendido debate con uno de esos inmortales intocables, también propietario de un blog.El debate en cuestión tampoco es importante, y no quiero aburrir a nadie con mis discrepancias culturales, que nunca han sido, ni serán, objeto de este modesto espacio. La cuestión es que aquello me hizo reflexionar. Estaba cansado, agotado, necesitaba retirarme por un tiempo, y por eso he estado algo menos activo últimamente, y me ha costado mucho, bastante, arrancar de nuevo, ponerme a escribir.

Mi objetivo siempre ha sido hablar sobre cine,sin ceñirme solamente a ese universo, no para imponer mi criterio, no para demostrar una superioridad, que no existe en modo alguno, sino con el propósito de recomendar títulos interesantes, o con el fin de reflexionar acerca de aquellas películas que más me gustan, simplemente para compartir mi modo de ver el Mundo en general, y el Cine, en particular....
Estos días de ausencia no tenía ganas de ver grandes obras, ni de perderme en lecturas extraordinarias,y también me agotaba enfrascarme en el análisis de sesudos e interminables ensayos cinéfilos; lo que me apetecía era encontrar un momento relajante ante algo sencillo, hallar algo que tuviese el encanto de lo simple, de lo aparentemente superficial y sin altas pretensiones, aun cuando encerrase en su interior algo de gran valía.

Curiosamente, las dos cosas con las que más he disfrutado en los últimos tiempos han sido un pequeño libro y un documental realizado para la televisión, relacionados con dos actores a los que siempre he admirado, y que protagonizaron juntos la deliciosa "Vacaciones en Roma".Estoy hablando, claro está, de Audrey Hepburn y de Gregory Peck, dos grandes intérpretes de la época gloriosa del cine hollywodiense.

"Audrey Hepburn", un espíritu elegante", es un libro directo y discreto que me ha emocionado de veras. A primera vista, parece la usual biografía comercial, un volumen lleno de fotografías de la estrella belga,con una letra grande y clara, el típico libro que nos cuenta las bondades de la famosa de turno. Sin embargo,hay una enorme diferencia,esta no es una semblanza al uso, sino algo diferente, una mirada repleta de ternura, una carta de amor de un hijo a su madre, pues el autor no es otro que Sean Ferrer Hepburn, el hijo de Mel Ferrer y Audrey, y su mayor mérito reside en la honrada ternura, en la mirada íntima con la que nos habla de su madre.Más que un retrato de la vida de la hermosísima "Sabrina", de todos sus avatares vitales, de sus trabajos, de sus triunfos y destellos, nos encontramos ante un retrato sentimental,en el que Ferrer teje el más hermoso de los homenajes literarios, bello a la par que simple (en el buen sentido del término) y humilde, por eso me ha gustado tanto, por su honesta falta de pretensiones y porque desborda sinceridad y amor, con mayúsculas. Es un verdadero tesoro para cualquier cinéfilo, que verá retratada a una Hepburn íntima y personal, la cara más familiar de una estrella que era el culmen de la elegancia y, al mismo tiempo, una chica afable y discreta, alejada de la imagen de estrella que las divas suelen tener.

"Conversaciones con Gregory Peck", es un documental de finales de los noventa que viene incluido en la imprescindible edición en Bluray de una de mis películas clásicas favoritas, "Matar un ruiseñor".Producido por Cecilia, hija del actor, dentro de una serie dedicada a famosas estrellas del cine clásico, es un ejemplo de cómo realizar una retrospectiva sobre un artista, sin caer en los tópicos, presentando a un Peck profundamente humano, a un tipo llano y directo, alejado de divismos y poses prefabricadas. En sus últimos años, el intérprete de "El hidalgo de los mares", recorrió una serie de teatros americanos en un peculiar tour:Sentado en una pequeña silla, en medio de un escenario desnudo,rememoraba sus mejores momentos respondiendo a las preguntas de un público entusiasta que abarrotaba las diferentes salas.Peck se muestra como un tipo normal, "un chico de La Jolla", que llegó mucho más lejos de lo que nunca imaginó.A lo largo de los noventa minutos que dura este imprescindible documento, conocemos anécdotas divertidas de la trayectoria cinematográfica del actor, algunas enormemente divertidas, otras emocionantes, también espinosas, e incluso dramáticas.En todo momento, vemos a Peck como un tipo interesante, como a ese gran intérprete que siempre ha sido,un hombre culto e inteligente, pero también nos encontramos a un tipo directo, franco y sincero, que no se cree nada, todo lo contrario, es muy consciente de la suerte que ha tenido y que derrocha, por cada uno de sus poros, humanidad y cercanía.

Son dos ejemplos hermosos de lo grande que puede ser la sencillez, una cualidad muy difícil de encontrar, enormemente necesaria, dos ejemplos que me han ayudado a superar un periodo de cansancio, a encontrar un camino que creía perdido. A partir de ahora, nos veremos por aquí bastante más a menudo. Gracias por estar ahí y hasta dentro de muy poco.

(Dedicado a Paula,una amiga real que encontré dentro de este peculiar mundo virtual)

jueves, 10 de enero de 2013

Apocalipsis no

¡Feliz Año a todos! Sí,seguimos vivos. Llegó el 2013 y nada ha cambiado. Pese a las catastrofistas predicciones mayas, el mundo sigue girando y todos continúa siendo,más o menos, igual. En realidad nunca creí que fueran a cumplirse esos fatalistas augurios, ni por un solo segundo.Lo que me resultaba más increíble es que los oscuros vaticinios de un pueblo que sacrificaba víctimas humanas en disparatados y salvajes rituales, que asesinaba a inocentes para aplacar las supuestas iras de unos dioses inexistentes, llenaran páginas de periódicos, horas de programación televisiva,las líneas de cientos de miles de webs supuestamente dedicadas a la investigación...
Sí, el mundo no ha cambiado,desafortunadamente,sigue estando tan loco como siempre.

El género apocalíptico ha sido bastante fructífero en títulos en estos últimos tiempos. En casi todos ellos asistíamos a la destrucción, por una u otra causa, de todo nuestro mundo, o de parte de él, casi siempre contemplábamos como saltaba por los aires, o era engullido por una inmensa ola destructiva, un monumento famoso, una imagen icónica que era arrasada por el furor de la mortífera hecatombe: La Casa Blanca, el Taj Mahal, la Torre Eiffel....El mundo se iba al garete tras mil y una explosiones,después de una sucesión interminable de planos espectaculares, una serie de imágenes espeluznantes, que pasaban ante nuestros ojos aterrorizados a velocidad supersónica.

Sin embargo, los filmes más afortunados en este dantesco subgénero son,en mi opinión, aquellos que exploran las consecuencias de ese supuesto fin en mayúculas, sin utilizar secuencias explosivas o momentos epatantes, esos que no necesitan mostrar la obligada aniquilación del monumento de marras, ni tres mil detonaciones por segundo. "Testamento final" ("Testament",Lynne Littman,1983) es uno de esos filmes.
Realizado en los años ochenta, en la época en la que la psicosis de una inevitable catástrofe nuclear estaba todavía en su punto álgido (un tiempo en el que se estrenaron películas como "Miracle Mile", "El día después", la estremecedora "Threads", impactante falso documental producido por la BBC, o la imprescindible "Cuando el viento sopla"), es un título interesante y extremadamente modesto.Realizado, en un principio para la televisión, la Paramount vio en él una gran calidad y, finalmente, lo estrenó en salas comerciales.
Nos cuenta, con una ejemplar economía de medios, y un eficaz y sobrio estilo narrativo, los devastadores efectos de una guerra nuclear mundial en la vida cotidiana de los habitantes de un pequeño pueblo de los Estados Unidos, a través de los ojos de una madre que lucha con ánimo y coraje por sobrevivir junto a su familia un día más en medio de la nada, por mantener la esperanza cuando ésta carece de sentido, apoyando a sus seres queridos,ayudando, en lo posible, a sus vecinos. Nos encontramos ante un drama intenso, a la par que discreto, protagonizada por personajes anónimos, que no realizan grandes gestas, no son responsables de proezas sin cuento,pues únicamente tratan de sobrevivir un día más, intentando encontrar un rayo de luz en medio de la oscuridad de un mundo que se muere,un instante de esperanza entre tanto dolor,enfermedad y muerte sin sentido.

Es una historia sin importancia,y por eso es tan importante, porque nos muestra un apocalipsis creíble y humano. Probablemente, si algún día vemos el fin de los tiempos, lo que nos ocurrirá será muy parecido a lo que vive en esta hermosa y dura película la familia Wetherly:no protagonizaremos instantes épicos, ni contemplaremos cómo es destruido el más importante monumento de nuestro país, al menos no en vivo ni en directo (al menos no la gran mayoría de nosotros), será algo mucho más parecido a lo que este pequeño filme nos muestra: una despedida tranquila de la vida, una lucha por la dignidad humana, por seguir soñando aunque nada a nuestro alrededor nos invite a ello,un combate silente y solitario contra nuestros miedos más profundos, en medio del horror, del desaliento, de la miseria.

Si por algo sobresale esta película, de tono extremadamente intimista y, por momentos, teatral, en el buen sentido de la palabra, claro está, es por la interpretación de todo el reparto, sobresaliendo especialmente Jane Alexander, actriz no tan popular como otras grandes de la escena norteamericana, tal vez por su aspecto,o por su forma de ser muy alejados de los estándares hollywoodienses. Ella, auténtico corazón y alma de este filme, realiza una complicada interpretación, una de esas actuaciones que merecen todo el aplauso del espectador: sobria, sin gesticulaciones ni gestos gratuitos, medida,realmente portentosa. Componer un personaje así, con esa pasmosa naturalidad es algo dificilísimo,complicado de ver en el cine donde, demasiado frecuentemente, se premia la sobreactuación.

"Testamento final" no es una gran película, ni una obra maestra, pero si es un título de enorme mérito, que habla sobre seres de carne y hueso y nos muestra un futuro terrible, pero creíble: el fin de los tiempos visto desde una perspectiva interesante,un incómodo y doloroso punto de vista muy alejado de los cánones del cine comercial. Sobre todo, es una cinta profundamente humana y auténtica, y eso siempre merece la pena.



jueves, 13 de diciembre de 2012

Sin amor

El rey se paseaba gozoso y feliz delante de su pueblo engalanado con sus nuevos ropajes mágicos, unas exquisitas galas que, según los tunantes que habían vendido el atuendo al monarca, eran inigualables, pues sólo podían verlas con claridad aquellos que no eran unos ineptos. En realidad, nadie las distinguía,porque cuando las miraban, sólo alcanzaban a contemplar el rechoncho cuerpo desnudo de su vanidoso señor, pero, para no quedar mal delante de sus vecinos, todos alababan el estilo del emperador, su gusto finísimo para el vestir, la gracia de su traje recién cortado, incomparable y único. De repente, en medio del desfile, un niño gritó: "Pero si va desnudo". Entonces, el soberano se dio cuenta que era verdad, que había sido víctima de un engaño y con él, todos los habitantes de la ciudad.No había traje alguno, jamás había existido. Sereno, aguantó hasta terminar el desfile, mirando al suelo avergonzado, mientras escuchaba los murmullos y las risas de todo su pueblo. El nuevo traje del emperador no era más que un camelo, una treta urdida por dos farsantes para enriquecerse, unos pícaros que habían montado una sustanciosa farsa basándose en la fuerza de la mentira, en el poder de la vanidad humana. Por supuesto,no se me ocurriría ni loco atribuírme el mérito de esta anécdota: he compuesto una peculiar adaptación, infinitamente peor escrita que el original, de un conocido cuento de mi admirado Andersen.

En el mundo cinematográfico, como en casi todos los ámbitos de nuestra vida y cultura, se dan, con excesiva frecuencia, numerosos casos de peligrosa adulación, situaciones que guardan una enorme similitud con la fantasía ideada por el genio danés.Hay una serie de cineastas que han adquirido, con el paso de los años, una suerte de estatus privilegiado que hace que todos sus trabajos tengan que ser admirados, casi por obligación, por la inmensa mayoría de los críticos de más renombre: aunque éstos, en su fuero interno, piensen que acaban de ver una auténtica tontería, jamás osarían poner al descubierto sus verdaderos pensamientos, pues no quieren ser tachados de ignorantes cinematográficos por sus compañeros de profesión.

He visto una película,que se estrena en breve en nuestro país, que puedo encuadrar, sin sonrojarme, en esa categoría. Se titula "Amor" ("Amour", Michael Haneke, 2012). Es, en mi opinión, la más perfecta imagen del relato que antes he resumido; el filme es como un precioso traje que, en realidad, no existe, pero que es alabado por todos, sin que casi nadie alce la voz en contra del criterio mayoritario.Pese a todo ello, puedo estar equivocado: No seré yo quien pretenda igualarme al niño que quita la venda de los ojos de sus convecinos en el cuento original,no creo ser tan valiente ni, por supuesto, tan inteligente, y puede que todos mis comentarios sean fútiles y fácilmente refutables,que ese filme sea una genialidad que escapa a mis limitados conocimientos, a mi pequeña mente pueblerina...

La historia de Amor es simple: una pareja de ancianos que lleva toda la vida juntos ha de afrontar un terrible trance;la mujer cae enferma a causa de un grave trauma cerebral, y queda casi impedida. Antes de perder casi totalmente el dominio de sus facultades,ruega a su marido que no la lleve jamás a un hospital, con lo que él se hace cargo de los cuidados,cosa nada fácil, pues, al igual que su esposa, es ya muy mayor y le fallan las fuerzas. Con ese pequeño esbozo argumental se podía haber construido una hermosa historia, pues no hace falta mucho más para lograr componer un filme digno y honrado. El problema de todo es que el único amor visible en toda la película es la palabra que le da título, porque todo en ella resulta frío, sin vida, anodino y terriblemente vacío.

Empecemos por analizar los personajes. En un filme tan intimista no hay demasiados, claro está. Los más importantes son la pareja de ancianos, interpretados por Jean-Louis Trintignant y por Emmanuelle Riva, y la hija del matrimonio, a la que da vida Isabelle Huppert,en un breve pero relativamente importante papel. El mayor fallo de este drama es su extrema frialdad. Los diálogos son escasos, los momentos de pausa largos y los personajes carecen de auténtica vida, son como los muñecos de papel de los antiguos teatros infantiles de cartón: A veces se mueven, actúan, pero nunca llegamos a simpatizar con ellos,ni a comprenderles plenamente, ni, desde luego, conocemos su verdadera forma de ser, sus pensamientos o inquietudes, salvo por breves pinceladas. Haneke siempre ha tenido fama de cineasta frío y metódico, pero aquí su gelidez es demasiado poderosa, y su capacidad de inventiva, posiblemente, estaba de vacaciones.

Salvando un par de escenas del personaje de Trintignant, no hay un solo diálogo que posea un tono medianamente interesante, el espectador no puede alcanzar un mínimo grado de empatía que le conecte con unos seres planos, hieráticos,irreales, sin auténtica vida. Jamás me he considerado un cinéfilo acomodaticio,todo lo contrario, adoro el cine difícil y poco comercial, más aún cuando es intimista, pero no puedo engañarme a mí mismo cuando no logro conectar con una historia hueca o con unos seres humanos de cartón piedra.
Había leído que las interpretaciones del dúo protagonista eran portentosas, excelsas, únicas, y no he visto eso en ningún momento, es más, en el caso del anciano Trintignant, que siempre fue un actor más que solvente, me ha parecido especialmente pasivo y monocorde,hablando, a veces, más como un autómata que como un verdadero ser de carne y hueso, casi como si estuviera allí haciéndole un favor a un amigo. En cuanto a la premiada protagonista, cumple con su papel, pero nunca me ha parecido especialmente complicado encarnar a un enfermo(y con ésto no quiero parecer cruel, estoy hablando en términos cinematográficos, por supuesto), que es algo que normalmente ha demostrado ser de lo más agradecido a la hora de recoger galardones,lo cual siempre me ha parecido injusto, pues un papel menos esforzado en lo físico y más sutil, es infinitamente más costoso y delicado,pero suele pasar desapercibido a la hora de obtener reconocimiento oficial.

Haneke ha escrito un guión simple, demasiado sencillo, tanto que a veces dudo que tan siquiera haya existido plan argumental alguno. Toda la película tiene su sello,eso sí, es fría, muy correcta, rodada con parsimonia a través de planos largos, con cámaras que parecen haber sido creadas en un laboratorio criogénico. El problema es que no basta con eso para construir un buen film. La historia tiene que tener algo más, no ser un desfile de caracteres huecos y sin vida, con un pasado apenas esbozado en un par de imágenes, y un presente repleto de silencios, ausencias y miradas al infinito.Al igual que otros de sus trabajos, este drama es duro y cruel, terrible, pero, a diferencia de lo que sucedía, por ejemplo, en "La pianista", aquí no existe un hilo conductor que consiga mantener el interés del espectador. Lo único que nos ofrece es un espectáculo crudelísimo y horrendo, sin sentido y sin razón alguna, una sucesión de escenas mortecinas que rellenan dos horas de película cansina hasta la extenuación,de momentos delirantes,adornados con una metáfora animal bastante torpe, que, para colmo, remata con un final que algunos tildan de genial, pero que a mí me ha parecido cargante,obvio y acomodaticio,puramente delirante y decididamente malsano.

Poco más puedo añadir.Pocas veces he visto un filme con tanta ilusión, y he salido tan desilusionado, tanto que no puedo creer que una persona adulta que ame el cine, que esté en su sano juicio pueda adorar esta demencia enfermiza, una película que me ha parecido insana, hueca, mal escrita y peor planteada. No entiendo por qué se titula "Amor", nada hay en ella que merezca esa hermosa palabra: a lo largo de su interminable metraje sólo he visto tristeza, oscuridad, odio, pasividad y muerte destructiva. Ha sido sin duda una de las peores experiencias de mi vida cinéfila. Después de amar el cine durante muchos años, no logro entender cómo tantos críticos pueden ver una gran joya, una obra cumbre en ésto.La única explicación que me resulta plausible es la comparación con el cuento de Andersen. Tal vez muchos, muchísimos piensen lo mismo que yo pero, como no está bien visto criticar un filme intocable, como hay que alabar a Haneke y a su insensible crueldad porque es lo que toca, nadie se atreve a decirlo, porque nadie quiere que le señalen como a un bicho raro, como a un inculto que no entiende el sentido del verdadero arte. El problema es que el verdadero arte tiene poco que ver con todo ello.